Haití, la nación más pobre de América, vuelve a estar en un Mundial de fútbol por segunda ocasión en su historia. La noticia genera una ola de euforia en un país donde el 90% de la capital, Puerto Príncipe, permanece bajo control de bandas armadas y donde la violencia, los secuestros y la extorsión definen la realidad cotidiana de millones de personas.
La paradoja es evidente: mientras Haití atraviesa su peor momento institucional en décadas, con un colapso que se intensificó tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio de 2021, la clasificación mundialista representa un rayo de esperanza. Los jugadores de la selección, en su mayoría nacidos o criados fuera del país, han logrado convertirse en símbolo de orgullo nacional y en una razón para soñar en medio de la precariedad.
La crisis haitiana no es reciente. Aunque sus raíces son profundas, la fase más violenta comenzó hace cinco años con el magnicidio presidencial. El primer ministro Ariel Henry, que asumió funciones de forma provisional, no logró restaurar la seguridad ni el orden constitucional. En marzo de 2024, mientras Henry se encontraba en Kenia, una ofensiva coordinada de bandas sobre el aeropuerto y las principales cárceles de Puerto Príncipe dejó al país incomunicado del mundo exterior.
Tras la dimisión de Henry, se instaló un Consejo Presidencial de Transición que buscaba restaurar el Estado de Derecho y convocar elecciones en 2026. Alix Didier Fils-Aimé, empresario respaldado por Estados Unidos, asumió como primer ministro interino en noviembre de 2024 y como presidente interino en febrero de 2026, tras la disolución del consejo.
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